EN DEFENSA DE NUESTRA LENGUA

EN DEFENSA DE NUESTRA LENGUA

El domingo pasado se clausuró la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife, a la que asistí todos los días y en la que tuve la oportunidad de encontrarme con amigos, escritores o no, pero amantes de la literatura. Una feria que, por otro lado, me pareció muy positiva con presentaciones, charlas y mesas redondas muy interesantes.

Pero no todo fueron gozos. La Academia Canaria de la Lengua (no Academia de la Lengua Canaria, como piensan o leen algunos), tenía una caseta en la que se daba información y se ponía a disposición de los interesados, todas las publicaciones que se han hecho hasta ahora.

La gente se acercaba, compraba o no, y dejaba algún que otro comentario. Hubo de todo: desde quien preguntaba por un diccionario de “guanchismos” hasta algún que otro energúmeno que, con malos modos, llamaba a la Academia y a sus componentes, independentistas. Y es que, como hoy todo se politiza, resulta que defender nuestra modalidad canaria del español es abogar por la independencia.

Pues no, señoras y señores: defender nuestra manera de hablar no implica ponernos a uno u otro lado; es, simplemente, reivindicar una lengua que es parte de nuestra identidad social y cultural.

Es cierto que tenemos desventaja con respecto, por ejemplo, a los pueblos hispanoamericanos. Así, en todos los medios de comunicación de Hispanoamérica se habla la modalidad española de ese lugar, con todos los americanismos propios del país. Y en estas islas, aunque es cierto que en las emisoras de radio y televisión locales se habla con nuestra modalidad, en los medios de comunicación nacionales que oímos con frecuencia, se utiliza la modalidad castellana, con el consiguiente uso del “vosotros” y la pronunciación de las eses finales, así como de las «c» y las «z».

Por eso nuestro empeño debe ser mayor y, tanto profesores, como escritores, como académicos o como simples hablantes, debemos defender nuestra modalidad lingüística, tan válida como la que se utiliza en Valladolid, en Asturias o en Colombia.

Acabo de oír al presidente de la RAE, a propósito de la invasión del inglés y el francés en determinados anuncios, hablar del papanatismo (y cito textualmente) que supone sustituir palabras que ya tenemos por extranjerismos que, según algunos, dan más prestigio y glamour.

Apliquemos esto a nuestras islas y avivemos el seso.

Sírvanos de ejemplos países hispanoamericanos americanos que, aun con menos habitantes de los que tienen nuestras islas, defienden su manera de hablar y de escribir. Y no solo eso. No está de más recordar que escritores hispanoamericanos se han convertido en clásicos de la Literatura Universal, sin renunciar a su lengua, e incluso algunos han sido reconocidos con el Nobel de Literatura.

Y para reivindicar nuestros pronombres personales: Yo, tú, él, nosotros, ustedes y ellos (con sus femeninos correspondientes) les vuelvo a copiar un poema que escribí hace poco:

Yo le tengo miedo a volar,

también a los zaguanes oscuros y a los túneles.

Tú temes que la abeja

le robe el polen a las mariposas.

A él le aterrorizan los naufragios

y a ella las ciudades alejadas del mar.

En general, nosotros tememos estar solos

y ustedes las miradas vacías de memoria.

Ellos se asustan de las fosas abiertas.

Ellas de las prisiones, la sangre y el silencio.

Según parece, a todos

nos asusta la vida.

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SOLIDARIDAD, UNA PALABRA ENORME

(Palabras para la clausura del Acto Institucional de CRUZ ROJA)

Libertad, Igualdad y Fraternidad. He aquí el lema oficial de la República francesa que, en el siglo XIX se convirtió en la consigna de todos aquellos partidarios de la democracia y del derrocamiento de cualquier gobierno opresor.

Sin embargo, la realidad es, tristemente, más poderosa, y esas tres ambiciosas y fundamentales palabras, se han convertido, para desgracia nuestra, en una utopía.

Porque no podemos hablar de Libertad cuando existen gobiernos que reprimen cualquier manifestación no acorde con sus ideas, cuando se sigue oprimiendo y esclavizando a niños y a mujeres, cuando se imponen leyes que, con la excusa de una supuesta seguridad, abortan la libre circulación y expresión. Cuando, como dice el poeta Pedro Gracía Cabrera, «Fabricamos la paz de los cañones/ vendemos ademanes y arco iris/ e hipotecamos nuestras sombras».

Tampoco podemos hablar de Igualdad en un mundo globalizado en el que cada día se hace más patente el abismo entre pobres y ricos. Donde los ancianos son infravalorados, cuando no se les considera un estorbo .Donde las mujeres siguen siendo asesinadas por sus parejas o ex parejas. Donde el color de la piel, la religión, el sexo, incluso la edad o el sitio donde naces, puede ser tu salvación o tu condena.

Donde derechos tan fundamentales como la educación y la sanidad, gratuita para todos, recogidos en los  artículos 25 y 26 de los Derechos Humanos, o en los 27 y 41 de nuestra Constitución, se saltan a la torera. Y no son los únicos ni mucho menos, sobre todo ahora, con la excusa falaz de la crisis.

¿Y de la Fraternidad? Hemos sustituido este término que según el diccionario de la RAE significa «Amistad o afecto entre hermanos o entre los que se tratan como tales», por el de Solidaridad, tal vez porque, volviendo al lema francés, Fraternité puede remitirnos a épocas de la Revolución Francesa donde esta palabra, paradójicamente, estuvo asociada a momentos de intensa violencia.

“Solidaridad” significa, entre otras cosas, «Adhesión a la causa o empresa de otros.» «Relación entre las personas con el mismo interés en ciertas cosas, particularmente, que se siente unidas en la comunidad humana. »

Un término que a algunos se les hace cuesta arriba y que otros utilizan para su provecho o intereses, ya sean políticos, sociales o religiosos, desvalorizando esta palabra que, hoy más que nunca, en un mundo lleno de corrupción y estafas, es necesario darle la dimensión que merece, de tal manera que lo que llamamos justicia social, igualdad y libertad, alcance, al menos, a una gran mayoría.

Y esto no es hablar por hablar. Tenemos que ser conscientes de que, dada la situación mundial (guerras, asesinatos, masacres, miseria), si nos olvidamos de ser solidarios, corremos el peligro de caer en la barbarie.

Ya lo decía Antonio Machado: « Enseña el Cristo: a tu prójimo/ amarás como a ti mismo/ mas nunca olvides que es otro.»

Sí, es otro quien tiende su mano y su miedo, sus esperanzas y su deseo de una vida mejor, a otras manos dispuestas a ofrecerles su ayuda.

Y estas manos son las de un grupo, afortunadamente cada vez más numeroso, de personas voluntarias que se unen para formar Organizaciones No Gubernamentales, como la Cruz Roja, que son capaces de poner en alza el valor de la solidaridad, con una entrega que va más allá, de su tiempo, de su trabajo, de sus horas libres, incluso de sus propias vidas, como desgraciadamente hemos podido comprobar hace pocos días.

Siempre reconforta pensar- quizá un poco egoístamente- que, frente a las guerras, el genocidio,  la explotación laboral, la violencia generalizada, frente a las catástrofes y la miseria, existen personas que son capaces de agruparse para intentar frenar tanto desastre, aun sabiendo que esto no basta.

Porque es doloroso contemplar un mundo lleno de cadáveres: en las playas, en las trincheras, bajo los escombros- y la muerte no sabe de razas, sexos ni edades-.Porque no lo es menos comprobar cómo se trafica con la necesidad humana, cómo se humilla al débil, cómo se rechaza al “distinto”.

Y es que «Hay golpes en la vida tan fuertes…yo no sé», y no sabemos, y la impotencia nos inunda las manos.

Es entonces cuando las ONG vienen  a decirnos que su existencia prueba que la gente puede organizarse con el solo objetivo de ayudar a los demás. Que mientras los estados trazan fronteras, levantan murallas y alambradas de espino, sus componentes curan las heridas del cuerpo y también de los espíritus de aquellos que consiguen traspasarlas. Que mientras los gobiernos se enriquecen con la venta de armas a países en conflicto («tristes armas, si no son las palabras, tristes, tristes»), sus voluntarios acuden al lugar de la contienda para intentar salvar vidas.

Un voluntariado tenaz que mientras los estados “olvidan” ( por no decir traicionan) los Derechos y las Convenciones, como la Convención sobre el Estatuto del Refugiado, tristemente tan de actualidad-y subrayo lo de convención porque esta exige obligado cumplimiento- se vuelca en ayudar a aquellos que por una u otra circunstancia ven en peligro su integridad física y algo que es muy importante, su dignidad.

Porque: «Hay tantos muertos/ y tantos malecones que el sol rojo partía/ y tantas cabezas que golpean los buques,/ y tantas manos que han encerrado besos/ y tantas cosas que quiero olvidar.» Versos estos de un poeta que vivió para la libertad y murió por ella, Pablo Neruda y que hoy siguen tan actuales como entonces.

Hace unos días tuve el privilegio de conocer a tres personas que trabajan como voluntarias en la Cruz Roja. Tres generaciones diferentes, pero un solo objetivo solidario: ayudar al otro, sea este quien sea y venga de donde venga.

A medida que hablaba con ellos me daba cuenta de que sus vidas, como la de todos aquellos que asumen el compromiso hacia los demás, cobraban la enorme dimensión de esa palabra que tan fácil nos sale de los labios, pero tan difícilmente de nuestros corazones: Solidaridad. Una palabra enorme que agiganta a quienes la practican. Porque, en la mirada de estas tres personas pude leer el sufrimiento de los otros, de aquellos que han salido de un infierno, o de los que han abandonado los brazos que aman, de aquellos que dejan sus sueños en la orilla, de los que se muerden los puños y no tienen pañuelos para las despedidas, la impotencia y el abandono. Pero también el esfuerzo por entender al otro, la esperanza, el reencuentro, la fuerza, el cariño y la entrega.

Y a través de ellos comprendí que la solidaridad es una palabra valiosa, sí,  pero lo son más los que hacen de ella una forma de vivir, una vocación que, como todas las vocaciones, requiere un compromiso, impone unos deberes, pero que, tal vez por eso mismo  nos enriquece y hace mejores.

En ellos, la solidaridad y el compañerismo se dan la mano. No hay líderes, no aparecen sus nombres en la prensa, pero contribuyen, con su proyecto solidario, a que este mundo sea un poco mejor, a que esos “otros” sepan que tienen derecho a mejorar sus vidas y a defender su dignidad como seres humanos y sociales.

Voluntarios, héroes anónimos que trabajan para que un día el mundo pueda despertar – y vuelvo aquí al poeta gomero-  con «una paz que no tema las centellas del crimen/ que no pueda arrancarme de los labios que amo,/ que no ponga en mis manos las armas del infierno,/y que no me avergüence de las aguas que cantan/ de las alas que vuelan y de mi propia sombra.»

 

Santa Cruz de Tenerife, 23 de octubre de 2015

 

 

 

 

 

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LA SED QUE NO ACABA

CONFERENCIA INSTITUTO DE ESTUDIOS HISPÁNICOS

 

INTRODUCCIÓN

Debo confesar que la idea que tuve durante bastante tiempo sobre la hispanidad, tenía mucho que ver con la que promulgaba el régimen franquista que la denominaba “El día de la Raza”.

Afortunadamente, hoy ha cambiado completamente estas connotaciones- a mi entender totalmente peyorativas, y hasta el diccionario de la RAE define la “Hispanidad” como al «conjunto de los pueblos de cultura española».

Y a este concepto acuda para homenajear a cinco escritores que, partiendo de su insularidad y con la certeza de ser producto de un enriquecedor mestizaje de razas y culturas, reconociendo sus substratos aborígenes y africanos y su  cultura y civilización hispánica y europea, supieron mirar más allá de sus fronteras y tender hacia la universalidad, lo que los hizo ser más canarios aún.

 

Así, he titulado mi conferencia

 

LA SED QUE NO ACABA

 

 

Si después de leerlo sientes sed
es que el discurso es fértil;
léelo aún, y más: la sed engendra sed.
Qué error el del saciado;
no conoce la sed de la sed que no acaba.
 

Este poema pertenece al libro Cuchillo casi flor, del poeta Luis Feria, uno de los escritores a los que debo lo que ahora soy en este difícil y apasionante mundo de la literatura. Pero no fue el único. A lo largo de mi vida he tenido la fortuna de contar con la amistad y el magisterio de unos escritores que, sin pretenderlo, me ayudaron y estimularon a seguir por el camino que yo había elegido desde mi niñez.

El primero de ellos fue Pedro García Cabrera.images[5]

Corrían los años 70 y un trabajo de investigación que me había propuesto el profesor de Literatura de la Escuela de Magisterio- carrera que yo cursaba en aquellos momentos- me llevó a hacerle una entrevista al poeta.

Debo aclarar que yo ya lo conocía – aunque no personalmente-, no solo porque había leído alguna de sus obras (pocas porque su obra completa se publica en el año 1987, 6 años después de su muerte) sino también porque, en mi casa, había oído hablar de él, ya que fue compañero de prisión de mis tíos abuelos, Manolo y Lucio, en el campo de concentración de Villa Cisneros. Tal vez por esas referencias, mi nerviosismo era mayor y, a pesar de la afectuosa acogida de Pedro, la entrevista no se me grabó. Cuando llegué a mi casa y me di cuenta del desastre, me llené de valor y lo llamé por teláfono para decirle lo que me había ocurrido y él no tuvo ningún problema, al contrario, me dijo que volviera al día siguiente. Eso sí, que comprobara que la grabadora funcionaba.

Afortunadamente éramos vecinos – vivíamos a un par de calles de distancia-y allí fui, respirando hondo.

Acabamos la entrevista y comprobé allí mismo que se había grabado. Matilde, su mujer, había hecho café y lo llevó al comedor, con unas galletas. Entonces me atreví a decirle a Pedro lo de mi parentesco con sus compañeros de prisión; incluso le dije que tenía una copia de la última carta de despedida, escrita por mi tío Manolo, unas horas antes de que lo fusilaran, allá por los años 40.

Él me pidió entonces que le llevara la carta al día siguiente, y lo hice.

Cuando terminé de leerla, Pedro se puso de pie. Su voz resonó en las cuatro paredes del comedor, recitando su poema Con la mano en la sangre, del libro Entre la guerra y tú:

Nadie se acuerda ya de la Gran Guerra
Y aún tienen los ríos su largo brazo en cabestrillo
Y los ojos saltados los puentes
y corazones ortopédicos los hombres.
Sólo tú, yo y aquel sueño polar de golondrinas
con nuestras aguas verdes por la espera,
batimos el recuerdo en tu mármol, en mi frente, en su oído.
Nos venderán de nuevo
Aunque prosigan con su rebelión armada los rosales
y la mentira con sus tres dimensiones y un pico con ojeras
y el treno de los trenes en el trino de una estación al este de los mares.
Todo se perderá: corales, ruiseñores,
la última comedia que apunte el caracol desde su concha,
los diarios que voceen las ranas al crepúsculo,
 tu orfelinato de montañas locas,
tantas y tantas cosas que ignoran los cipreses
Y de tu voz, hasta de tu voz, que enlaza la seda con los pámpanos
fabricarán cañones que habrán de bendecir los obispos
para que rompan más eficazmente las venas de los sueños.
Se nos dará una gran razón: que somos hijos de la patria,
sin saber que a ti, a mí y al sueño polar de golondrinas
nos sobra espacio para vivir aun dentro de un beso de paloma.

 

 

Fue la mejor respuesta. En sus ojos no había odio- Pedro era incapaz de odiar- pero sí el rechazo, el dolor por todas las injustas ausencias, la firmeza de quien no quiere olvidar ni que olvidemos.

El silencio se adueñó del aire y a mí me recorrió un escalofrío y comprendí, en ese instante, toda la sinrazón del hombre que acude a la mentira para justificar la muerte del otro.

Afortunadamente, Matilde rompió aquel silencio apremiándonos a que cogiéramos “una galletita”. Luego empezamos a hablar de poesía y yo me animé a decirle que, desde hacía tiempo me había dejado atrapar por ella, aunque sin aclararle que yo había escrito ya algunos poemas

Las visitas a la casa de Pedro continuaron. Como dije, vivíamos muy cerca y a él le gustaba que fuera por allí algunas tardes, sobre todo después de que supo de su enfermedad. Una de esos días me atreví a confesarle que yo también escribía poesía. Pedro abrió los ojos como si se asombrara y me reprochó, con una sonrisa, que no se lo hubiera dicho antes. Por aquel entonces yo estaba escribiendo mi libro Objetos, y él me pidió, con esa voz que ponía que casi parecía una orden, que se lo llevara. Así lo hice. Esa misma noche me llamó por teléfono y me dijo que me iba a hacer un prólogo.

Fue todo un regalo, un estímulo para continuar. Su texto, desgraciadamente, quedó inconcluso, pero así lo puse en mi libro y aún conservo su manuscrito.

Pedro no pretendía ser maestro de nadie, pero lo fue. En él siempre hubo un sueño de libertad convertido en voluntad poética que luchaba contra el desasosiego y las contradicciones del hombre y de su historia. Y eso se contagiaba, o al menos a mí me sucedió.

Además, con él aprendí que, todo lo que consideramos nuestro paisaje, lo que amamos al contemplarlo desde nuestras ventanas, o azoteas, a la orilla del mar- ese elemento imprescindible para que la isla se defina-o en la cima de algún monte, solo tendrá un sentido, no solo poético sino también vital, si lo ponemos en relación con esa otra realidad mayor que es el universo.

Así decía en su libro La rodilla en el agua: …me voy tornando como tú, una isla/ que hiela sus nostalgias con delfines/ y derrumba los valles del latido,/ emigrando de mí para encontrarme/ en la desnuda soledad que pueblas.

 

Arozarena y de Vega 5.jpgA finales de los 70, una amiga me llevó a una tertulia que se celebraba los martes y los
viernes en el Bar Arkaba de la Avenida de Anaga, con el mar al fondo, apenas visible entre contendores y grúas. Varias mesas se agrupaban en la amplia acera. Allí, en el centro- sea cual fuere el lugar que ocuparan en las mesas siempre era el centro- Isaac de Vega y Rafael Arozarena. El uno a veces distante, a veces con una sonrisa de supuesta aquiescencia que, lejos de tranquilizarme, me mantenía alerta; el otro, jugando con las palabras y nuestros miedos; haciendo un guiño a los que, por entonces, empezábamos a mirar a nuestro alrededor “de otra manera”, o al menos eso creíamos.

La magia aparece y es Rafael quien la atrapa para trastocarlo todo. Y una noche se le ocurre hacer una torre de cristal con nuestras copas y derramar sobre ellas un vino espumoso. Mientras el líquido cae en cascadas, Rafael recita o salmodia un canto inventado sobre la marcha, e Isaac lo mira un instante y sonríe mientras me dice «Bueno, las cosas del Rafa, ¿oíste?»

Me vienen a la memoria las tardes que pasábamos Rafael y yo en casa de una amiga común. Hablábamos de todo, pero especialmente de literatura, de pintura, de música y de vida. Porque vida y poesía fueron siempre para Rafael una sola cosa.

Eran, plagiando el título de un poema suyo, «tiempos de amistad bajo un solo cerezo.»

Un día me dijo que iba a pintar un cuadro que tenía mucho que ver conmigo- en esa época pintaba con acuarelas y tinta china- Yo  permanecía en silencio expectante mientras él trazaba las líneas que iban a configurar a Penélope tejiendo el mar, cuadro que aún conservo y que sirvió deportada a uno de mis libros.

De Rafael aprendí el vitalismo con el que se une a todo lo que le rodea, ese jubiloso encuentro del hombre con la naturaleza que nos acerca, desde lo más íntimo de nuestro yo, al renacer de una isla en la que, nuevamente, perdernos. Una isla que, como el mar, la llevaba en la sangre, y la soledad también,  de tal manera que cuando descubre la realidad volcánica y solitaria de Lanzarote, su poesía cambia radicalmente.

Y aprendí también que la escritura es indagación constante en lo invisible y en lo oscuro, una incansable búsqueda de espacios en los que extraviar nuestros pasos. Y en ese camino, se acepta el mundo de una manera jubilosa, como un milagro que el poeta vislumbra, aunque solo sea un instante, pero  que basta para el júbilo

Y así escribe su Caballo blanco del poeta ciego:

Salta caballo, pájaro, poeta
ciego conjunto, bala desgranada del pecho de los ángeles.
Vuela, salta, libera los ríos ascendentes
de la sangre encendida. Galopa fieramente como un bárbaro
guerrero de la luz  y de la sombra.
Destrenza las inútiles verdades de tus versos malditos
la mentira de todo lo que es cierto y ven tus ojos.
Destruye y quema al viento como las crines secas de tu propio entusiasmo.
Galopa fieramente. La rabia sea contigo, las alas y el silencio.
Traspasa las vidriosas ventanas del cielo navegable.
Salta, galopa, salta con Dios o con el Diablo.
Quema el alma y persiste.
Aún te quedan alas. No se quiebren tus alas
con premio ni castigo, con la vida o la muerte.
Salta caballo, pájaro, poeta,
que el día fue una luz entre dos sombras.
Galopa y vuela. Ya no serás ceniza
cuando la inmensa hoguera del poniente
de nuevo resplandezca. Ya no serás ceniza
aunque los desalados,
los inútiles ángeles que imprimen sus huellas en la arcilla
insolentes y dignos se pregunten
si vas a parte alguna.

 

Por Isaac de Vega supe de la necesidad de ser coherente con uno mismo, de no hacerse concesión alguna, sobre todo en lo que respecta a la escritura, aun corriendo el riesgo de no gustar a todo el mundo. Él mismo me decía que su literatura gustaba a pocos porque era demasiado personal, íntima, con una fuerte carga de ensoñación y sin hacer concesiones al lector, pero que eso no le importaba porque lo que el pretendía con su literatura era aclararse a sí mismo y al mundo en el que le tocó vivir. Pero precisamente por eso es por lo que pienso que su literatura nos interesa pues, como bien dice Jorge Rodríguez Padrón, “…nos hace ser y estar en su mundo”. Un mundo en el que sus protagonistas deambulan sin rumbo fijo, en busca de sí mismos. Y así lo vemos ya desde las primeras página de Fetasa:

Ramón quiere desperezar su embotado cerebro. Buscar alguna cosa, encontrar un asidero

Aquella mañana se encontró, sin saber cómo, atravesando un paraje solitario, sin bullir de vida, ni siquiera del viento. Iba ascendiendo una larga pendiente, una montaña antigua y desgastada…Tenía la sensación de muchas horas de marcha… (Pag.8)

Existía una fuerza extraña que lo impele a caminar. Caminar incansablemente, sin meta fija. Algo fantástico se está atravesando en su metódica vida. No le molesta aquel cielo sin color, ni el páramo triste, ni el silencio completo. Todo queda amortiguado por una emoción entrañable, interna, que  lo impulsa a seguir,,,(Pag. 9)

Difícil camino el de Isaac, cuya coherencia hasta el final, no dejaré nunca de admirar ni recordar.

 

Conocí a Luis Feria una tarde de 1981, en el Círculo de Bellas Artes. Si mal no recuerdo, me lo presentó el escritor Alberto Pizarro y ya, desde ese momento, me sorprendió su sentido del humor, cáustico a veces, y su habilidad para seducirte con la palabra.Luis Feria 1

Pero no fue esta mi única sorpresa. Cuando le confesé, no sin cierta vergüenza, que aún no había leído nada suyo, me dijo, con esa sonrisa entre tierna e irónica que lo caracterizaba, que al día siguiente pasara por su casa, que me iba a dejar un libro para que “lo fuera conociendo”. Además, añadió, “somos casi vecinos”.

Fui puntual y, tal como habíamos quedado, a las seis de la tarde toqué en la puerta de su casa.

“¿Te has fijado en lo guapo que soy?” me dijo señalando un retrato suyo que destacaba entre otros sobre una consola del salón.

Antes de que pudiera responderle me pidió que esperara un momento, que iba a su habitación a coger el libro y que no me invitaba a subir porque lo tenía todo desordenado, porque claro, su madre… Apareció entonces el Luis algo mordaz, el niño enfadado con una madre a la que, por otro lado, parecía adorar.

Esperé mirando toda aquella colección de fotos familiares. No fue siquiera un minuto. Allí estaba Luis con su libro Fábulas de octubre. “Consérvalo, me dijo, ya no quedan ejemplares.” Entonces abrió el libro y escribió: Para Cecilia, animándola a que escriba sus fábulas, con la dama de fácil seducción, el árbol de mil colores y otras muchas. Con un abrazo de Luis Feria.

Esa noche leí todo el libro de un tirón. Fue un primer encuentro con lo excepcional, y a pesar de lo rápida y poco reflexiva de esa lectura, me di cuenta de que Luis Feria se apartaba de todos los moldes poéticos del momento. Luis marchaba solo por un camino donde la sencillez se vuelve profundidad y la espontaneidad en máxima elaboración del poema.

En ese libro descubrí a Luis Feria, niño y adolescente, que desea  atrapar ese tiempo, aun cuando se despide de él y fue a través de Fábulas de Octubre donde tuve conciencia de que su lejanía de las islas lo era sólo  de espacio, porque allí estaba el drago de “La casa abuela”, o el verde de las tabaibas o el mar de “Agosto”. Poemas elaborados de tal modo que lo espontáneo se contiene para darnos toda la hondura y luminosidad que destila cada verso.

Una muestra es su soneto inicial que nos indica el camino a seguir.

FÁBULA
Hubo un niño una vez que construía
una inmensa provincia, y ciudadano
de pecho pronto y de segura mano
gobernaba la patria en que vivía.
 
Su tierra fue de guerra y rebeldía,
campo sin puertas y sendero llano.
Vivir era su oficio, y casi humano
iba creciendo el niño. No sabía.
 
Fábula que aprendí, bien que me acuerdo,
de la distancia llegas, te me borras
como una duna más por el olvido.
 
Vuelvo a veces a ti, pero me pierdo,
 me equivoco de señas y, aunque corras
detrás del tiempo, el tiempo ya se ha ido.

 

De esa cuidadísima elaboración, de ese pulir el verso hasta encontrar la palabra exacta sería testigo directa unos años más tarde.

Y de este modo se inició una amistad que tuvo, hasta el final, sus altos y bajos, como todas las relaciones con el poeta. Pronto comprendí que no había que tener muy en cuenta  sus cambiantes estados de ánimo. Luis era así y lo aceptaba o no tenía nada que hacer.

Creo que fue a principios de 1983. El caso es que un día apareció en mi casa con una carpeta llena de folios escritos a mano. Estaba escribiendo, según me contó, dos libros a la vez: Casa común y Cuchillo casi flor, y quería que yo se los mecanografiara porque, según él, en su habitación no podía tener ni una mesa y su madre no le dejaba ninguna, por lo que “tengo que escribir con la máquina sobre las rodillas”, me dijo.

Yo me sonreí y no le creí nada de lo que me estaba contando. Era uno de los tantos desencuentros con su madre en esa relación amor-odio que lo marcaría siempre.

Fue a partir de esa colaboración de mecanógrafa cuando me di cuenta del arduo y apasionante trabajo que para Luis Feria suponía escribir. Podía pasar horas, incluso días, elaborando un solo verso, quitando palabras por considerarlas superfluas, cambiando el orden de algunas para darle más contundencia o musicalidad al poema, desechando versos enteros.

Pasaba varios días buscando la palabra deseada, esa palabra exacta, la única posible que se resistía a aparecer, pero no desesperaba. Cuando escribía era cuando Luis parecía más seguro, más concentrado en ese mundo que, realmente, era el que lo salvaba del día a día, del encuentro con su realidad presente que siempre rechazó.

Y así pasaron tres meses, entre Casa común y Cuchillo casi flor, entre meriendas con dulces de Echeto y paseos por la Rambla para despejarse.

Esa fue una enseñanza fundamental para mí: el continuo trabajo, la continua autocrítica, la continua búsqueda.

Pero ¿quién era Luis Feria realmente? ¿Qué se escondía detrás de esa maledicencia con la que me hablaba de unos y otros, y con la que, sospecho, también lo hacía de mí? ¿Qué había tras aquellos cambios de humor, de esos “cruz y raya” con los que a veces te amenazaba y estaba meses sin dirigirte la palabra?

Recuerdo que por esas fechas- estábamos en 1984- era yo presidenta de la sección de literatura del Círculo de Bellas Artes y organicé un ciclo sobre poetas de los 50. Entre los invitados, Pilar Lojendio, Arturo Maccanti, Fernando Garcíarramos y, por supuesto, Luis Feria.

Hablé con Luis y me dijo que sí y no sólo eligió los poemas que pensaba leer sino que iba a ensayarlos a mi casa, ante una grabadora, para después oírse y corregir.

Ya había salido en la prensa el anuncio de su intervención cuando, un día antes de la fecha fijada para su lectura , recibo un telegrama, que aún conservo, en el que dice: DIABÓLICA CONSPIRACIÓN JUDEO MASÓNICA IMPIDE ACUDIR JOLGORIO BESOS PRECONCILIARES GRAN PAPISA CECILIA SALUDO A LOS CORIFEOS. LUIS FERIA.  Fecha (12 de Enero de1984)

Ante esto, no tuve más remedio que llamar con urgencia a los periódicos para que publicaran una nota el mismo día del frustrado recital, diciendo que se suspendía el acto por incomparecencia del poeta.

Esto me valió un enfado mayúsculo por parte de Luis, que estuvo un tiempo sin hablarme porque, según él, “lo había dejado en mal lugar”.

No recuerdo cuándo volvió a retomar mi amistad. Pienso que sería cualquier tarde, mientras  él paseaba por la Rambla y yo iba a buscar a mis hijas al colegio. Un saludo, un guiño de complicidad y de nuevo éramos amigos.

Todo esto me hizo comprender  que era en la poesía donde Luis Feria sacaba lo mejor de sí mismo y lo demás eran subterfugios con los que esconder sus propios temores, sus deseos de distanciarse y refugiar su soledad en esa “casa común” que era la palabra.

Luis Feria había regresado a la isla para redescubrirla con la mirada del niño Porque, realmente, nunca renunció a ella, como contrapartida a la visión de adulto al que no le gustaba la realidad cotidiana, y de esa decidida yuxtaposición, de esa mágica dialéctica, nace el poeta. Así, entre jaranas, cuentos, chismes y caminatas, entre irónicas indiscreciones y conversaciones inacabables, entre enfados, rabietas y “hasta aquí hemos llegado”, Luis Feria disfrazaba su intenso amor por la poesía, en un magnífico intento de apropiarse del mundo sin renunciar siquiera al dolor que intenta disimular con una inteligente dosis de ironía.

Su profesión de fe por la poesía y la vida se refleja en el contundente poema que les leo:

 

A la lenta caída de la tarde
amar la vida largamente es todo
el oficio del hombre que respira.
Alzar la mano y detener el cielo.
Destino de la luz, nunca te acabes.

 

descargaOtro poeta  que se cruza en mi camino por esas fechas fue Arturo Maccanti, aunque de él ya conocía un libro De una fiesta oscura que publicó en la colección Paloma Atlántica de Poesía en Ediciones JB 1977. Estos poemas serían recogidos más tarde en Cantar en el ansia. Y, curiosamente, había titulado uno de sus poemas con el primer verso de Luis Feria: A la lenta caída dela tarde.

Su poesía me pareció llena de melancolía y tristeza. Sin embargo, cuando lo conocí personalmente, junto a ese aire de tristeza que lo acompañaba- él mismo se reconocía un “pesimista activo”-, había en él una gran calidez humana y cierta socarronería que sacaba a veces y que te hacía sonreír. Cierto es que era un hombre muy marcado por los acontecimientos de su vida, como la muerte de su hijo, que no superó  y que tenía momentos de tristeza que se ven reflejados en su obra. Pero era un hombre vital, eso sí, con cambios de humor que lo llevaban a desaparecer por un tiempo o a rehuir cualquier compañía.

En esa época aún vivía en Tacoronte, y mis encuentros con él eran, la mayoría de las veces, en recitales, exposiciones y otros actos culturales que se celebraban en el Círculo de Bellas Artes en Santa Cruz y en el Ateneo de La Laguna, o también en casa de algunos amigos comunes. Por aquel entonces, yo era bastante tímida, y apenas hablaba. Me limitaba a oír y a contestar si me preguntaban, como una niña buena.

Fue a raíz del encuentro de poetas de la generación de los cincuenta, precisamente aquel en que Luis Feria me dio plantón, cuando nuestra amistad empezó a consolidarse.

Su poesía había conseguido atraparme y el oírlo recitar fue un verdadero descubrimiento. Él también pareció interesarse por lo que yo estaba escribiendo en esos momentos y ya, perdidos mis primeros reparos hablábamos mucho de poesía y también de la vida. Ambas, para él, estaban íntimamente unidas.

Así nuestra amistad se fue fortaleciendo y, de vez en cuando nos llamábamos por teléfono, dábamos paseos por La Laguna, su Guerea y nos intercambiábamos poemas que luego comentábamos

Desde al año 1983, en que se mudó a La Laguna, ya definitivamente, vida, ciudad y poesía fueron una sola cosa en la existencia de Arturo. Allí, en su Guerea, su paisaje se interioriza, sus preocupaciones por la vida, la muerte y el paso del tiempo, la memoria, el amor y el recuerdo del amor, la pérdida inevitable, conformaron un universo poético que a nadie dejaba indiferente.

Un día se le ocurrió regalarme, enmarcado y escrito a mano, con una flor seca en una esquina, su famoso soneto Amor o nada:

Os hablo de la luz de esta jornada;
de una mano de amor sobre este hombro;
del corto corazón ante el asombro
de verse la tristeza derrotada.
 
Os digo por la herida en que me nombro
y por esta esperanza desvelada,
que el hombre es solo amor antes que nada,
antes de que regrese a ser escombro.
 
Os digo que la vida es cordillera;
cada uno la alcanza a su manera
y es muy triste quedarse en la estacada.
 
Es muy triste quedarse -como un río
sin agua- sin amor, solo y vacío,
porque el hombre es amor. Amor o nada.
 

Yo le contesté con una décima y, a partir de ahí se nos ocurrió iniciar una correspondencia de décimas, de carácter amoroso, escritas a mano y enviadas por correo postal, en la que Arturo era El Doncel de Guerea y yo Cilce. No era una correspondencia frecuente, pero llegamos a tener una 80 décimas entre los dos. Incluso, una de ellas está escrita en italiano. A Arturo se le ocurrió que podríamos terminar con una décima escrita al alimón- un verso él y otro yo hasta completar los diez,-pero dicha décima no llegó a completarse.

Esa comunicación, aparte de fortalecer nuestros lazos de amistad, fue, al menos para mí, un ejercicio poético apasionante y que me descubrió una faceta que no conocía de Arturo, ni siquiera de mí misma, pues nunca me creí capaz de continuar con esa especie de reto que nos habíamos propuesto.

Pero pienso que el poema que más define a Arturo, tiene mucho que ver con su forma de enfrentarse al transcurrir de la existencia, a su enfrentamiento y aceptación de la vida y la muerte, que vendrá NI TARDE NI TEMPRANO.

No es mejor este día
que el de ayer
o los que hayan de venir…
 
No es tarde ni temprano.
 
No soy mejor que nadie
ni peor que cualquiera.
No vale más la dicha
que el dolor, ni la tierra
es más que el mar.
 
Quien pierde gana,
quien está solo
está con todos
y viceversa.
 
De pronto, y con el ánimo
igual, se acepta el mundo.
Bellas pero mortales,
han de morir las rosas.
El pájaro que canta
ha de morir.
Mi propio corazón,
ni tarde ni temprano,
sino en su hora justa,
ha de morir.

 

Ahora sé qué es ser hombre,

y yo te doy las gracias,

madurez de mi vida…

 

No sé si realmente fue así pero sí tengo la certeza de que  el doncel de Guerea habita ahora un bosque sin dolor, Luis Feria  habrá reencontrado al niño que siempre fue, Rafael estará brindando en el banquete de los ajustadores y acompañando a Isaac que seguirá recorriendo los barrancos de Ijuana, y Pedro habrá encontrado por fin sus naranjas en ese otro mar infinito.

Mi agradecimiento a todos ellos por haber sido y haber estado.

 

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Conferencia “Fiesta de Arte” Ateneo de la Laguna- Teatro Leal

La concepciónLA CIUDAD CONTEMPLADA

Cecilia Domínguez Luis

 

 

Cuando, no sin cierto atrevimiento, acepté a pronunciar esta conferencia, lo primero que hice fue coger el tranvía y venirme a La Laguna.

Necesitaba recorrer de nuevo sus calles, contemplar sus edificios, sus torres, sus iglesias. Andarla y desandarla. Descubrir todo lo que de vida tienen sus muros, sus plazas, sus esquinas. Construirla de nuevo, recuperándola de la memoria y hacer de ella un punto de partida para descubrir una nueva manera de mirarla y de sentirla.

Por eso he titulado esta conferencia: LA CIUDAD CONTEMPLADA.

 

Italo Calvino, en la nota preliminar a su imprescindible libro Las ciudades invisibles, afirma: «Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memoria, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de economía, pero estos trueques no los son solo de mercancías, sino también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos.»

Por eso, permítanme hoy un trueque entre ustedes y yo. Un intercambio en el que mis palabras irán desgranando vivencias, recuerdos y deseos propios, pero también de otras voces que me han ayudado a amar y conocer algo más esta ciudad de La Laguna.

Dice Carlos Fuentes que una ciudad se califica por el número de amigos que tenemos. Yo hablaría, más que de la cantidad, de la calidad de esas amistades, porque son ellas las que nos procuran la sensación de sentirnos como en casa.

El primer recuerdo que tengo dela Laguna se remonta a mi niñez. Un Viernes Santo de los años cincuenta y pocos- tendría yo unos cinco o seis años-  mis padres me trajeron a contemplar el paso de la Procesión Magna. Era una tarde típica Lagunera en la que la estación primaveral parecía no haber llegado aún y al frío se unía una ligera llovizna. Guarecida en un portal, oía cada vez más cerca un sonido de cornetas y tambores que traspasaba la fina niebla. Apareció el primer estandarte; a ambos lados de las aceras, hombres con vestiduras moradas, portaban grandes redomas con cirios encendidos. Era el comienzo de lo que para mí fue como una pesadilla que, afortunadamente y gracias a lo desapacible de la tarde, no duró mucho.

Ahí estaba, mirando aterrorizada a unos seres encapuchados que me recordaban a los fantasmas de los cuentos de terror, por los que, a pesar de todo, sentía una especie de fascinación; pero esta vez, estaban demasiado cerca, eran demasiado reales. Levantar la vista tampoco me servía de alivio. Aquellas imágenes sufrientes no contribuían precisamente a tranquilizarme. Apreté la mano de mi madre. Ella me miró. Mi padre pareció adivinar mi miedo y, sin decir una palabra, me cogió de la mano y salimos de allí. Atravesamos una estrecha calle de adoquines que, tal vez- mis recuerdos son difusos- fuese el Callejón de Maquila, y nos dirigimos a un coche que nos esperaba. En ese momento, la llovizna había dado paso a una fina pero molesta lluvia, y el frío se hacía notar.

Sí, no fue un buen comienzo. Sin embargo hubo algo en aquella tarde que me llevó a soñar con calles empedradas, que acababan en torres de cristal cuyos relojes señalaban siempre el mediodía. El sol se reflejaba en todas las ventanas de la ciudad: ventanas de esquinera, ojivales, de guillotinas, o se colaba a través de las rejillas de las celosías que cerraban algunos balcones y tras de las que imaginaba unos ojos que espiaban el paso de alguien deseado o no. Aún me pregunto cómo pude guardar toda esa visión amable de la ciudad en mi memoria, dado aquel primer, fugaz y casi terrible encuentro. Tal vez fue esa mezcla de olores a velas e incienso,   la humedad de sus calles y  la oscuridad, -en ese momento protectora- de sus zaguanes, lo que en nuevas visitas me trasladaron a esa singular aventura.Calle-La-Carrera-1905-FEDAC

El recuerdo del frío lagunero volvió, sin embargo, poco tiempo después, de manera festiva, cuando descubrí, en mi afán por leerlo todo, la Chulada burlesca a la perdurable intemperie de la ciudad de La Laguna del Ilustrado José de Viera y Clavijo, donde en la parte que se refiere al invierno escribe:

En los días de invierno
ni el sol nos sale
porque a todos da el frío
con qué alumbrarse.
Que aquí se nota
que hasta el sol tiene frío
pues se encapota.

 

Es curioso comprobar cómo Viera y Clavijo, que vivió trece años en La Laguna- desde 1757 a 1770- nos da una visión irónica de la ciudad y sus habitantes, un enfoque que, sin embargo, parece corregir en su Historia General de las Islas Canarias, escrita posteriormente, cuando ya no vivía en esta ciudad de la que dice: « es la capital de la isla y lo merece; plantada en una perfecta llanura, larga, ancha, las calles casi a cordel, bien cortadas y bien empedradas, alegres y espaciosas, con grandes plazuelas, torres, buenos edificios, aires frescos, aguas excelentes, salidas deliciosas, todo esto junto contribuye a hacerla un pueblo muy recomendable». Muy lejos está de esa afirmación de que La Laguna no tenía de bueno ni el Jueves santo, que asegura en su Chulada burlesca.

¿Es la distancia en tiempo y espacio lo que hace que cambie su perspectiva y la nuestra? ¿Es la memoria la que elige aquello que el deseo ha seleccionado?

Los cierto es que Viera y Clavijo, como luego lo harán otros, parece hablar ahora de la ciudad que desea mostrar al lector.

Está claro que, en todos nosotros pervive, como escondida, una parte de nuestra infancia, al margen del tiempo y de la historia, pero que sale afuera cuando buscamos esos primeros recuerdos y los actualizamos, añadiéndole, claro está, nuestro particular modo de comunicarlos, en los que tiene mucho que ver la ensoñación.

Por eso y llegados a este punto, me es necesario dar un salto definitivo de dos siglos, para situarme en aquel donde realmente empieza mi historia.

Mis primeras visitas a La Laguna, tanto para transitar por sus calles como para atravesarlas rumbo a Santa Cruz, no sé por qué siempre las relacionaba con el frío, la lluvia, la niebla,  ese viento de Aguere, la ciudad que nace y muere a cada instante de la que habla Alberto Pizarro, mientras el viento frío arrumba las hojas/golpea las tejas,/tropieza su corazón/ contra los pórticos, y  también con un cierto halo de misterio que me producía una sensación contradictoria entre la atracción y el rechazo.

Vuelvo a mi niñez, a uno de esos viajes, con mi familia, a Santa Cruz, en un coche que olía  tan fuerte a gasoil, que nos obligaba a abrir las ventanillas para evitar el mareo.

«-Cierren un poco el cristal- aconsejaba el conductor – Nos estamos acercando a Los Rodeos ¿No ven la niebla? Van a tener frío.

Así era. Al pasar Tacoronte, el cielo que hasta ese momento tenía grandes trozos de azul, se estaba nublando cada vez más y una fina niebla se empezaba a deslizar por la carretera. El conductor encendió los faros del coche y aminoró la marcha.

Miramos hacia el monte. La niebla era allí más espesa y apenas podíamos distinguir los árboles. Un aire frío y húmedo empezó a colarse por la rendija que habíamos dejado abierta.

-¡Qué frío-exclamé.

-No se preocupen-volvió a decir el conductor- dentro de poco pasaremos La Laguna y ya verán cómo cambia todo.»

Es este uno de los momentos más claros en mi memoria y que recojo en mi novela Mientras maduran las naranjas.

Hoy, cuando leo algunos poemas de  Mariano Vega, uno de los muchos escritores que eligió La Laguna para vivir, algo cambia en mi velado sol de la tarde. Y es que Mariano mira el paisaje, como una forma de mirarse a sí mismo: desde la serenidad y la armonía, y de esta manera describe el momento que, en un día de lluvia, capta su mirada:

Una caricia de cabellos
dejó en la gran ciudad
el paso de la lluvia
 
se ha encendido la buhardilla del pintor
 
en la alameda solitaria
una gota cae
de la hoja blandamente

 

La calidez de sus versos y la belleza plástica que le confieren a una tarde lluviosa me reconciliaron, al fin, con esa intemperie lagunera.

 

Vuelvo a la memoria. Llegan a mí imágenes de un hermoso patio claustral con sus columnas de cantería roja,  una abundante vegetación que invitaba a descansar en sus muretes de piedra, y unas enormes escaleras, también de piedra que mis pasos nerviosos subían para entrar en una de las grandes aulas de piso de madera, donde aguardaban sesudos y serios señores con traje y corbata ( a pesar del calor) que iban a examinarnos de 1º de Bachillerato.

Sí, era el instituto Cabrera Pinto, antiguo convento de San Agustín, y yo ignoraba que aquel claustro que tanto me atrajo había sido lugar de enterramiento de monjes y personas ilustres que habían contribuido al mantenimiento del edificio y sus habitantes, lo que, dada su fresca y acogedora estampa, no me extrañó en absoluto.Cabrera pinto

Luego, entre examen y examen, una escapada a la dulcería La Princesa para comer un delicioso dulce de manzana, si nuestro escaso peculio lo permitía, y un baja y sube por la calle de La Carrera con una parada rápida para entrar a ver el patio del hotel Aguere, con sus mesas dispuestas para un aperitivo o una merienda a la que no estábamos invitadas. Sin embargo, en aquellos momentos nos sentíamos importantes, casi casi universitarias.

Se notaba el verano; El cielo era, esta vez, de un azul intenso y yo hubiera querido que fuera así siempre, como lo deseaba Carlos Pinto Grote y así lo expresa en un poema que pertenece a su libro Estío donde lo que le importa  es el aquí y el ahora, ese instante humanizado siempre, en toda la obra del poeta, por la presencia del amor.

Escribe:

El clamor de la luz.
La fuerza entera de la luz
cayendo sobre el día.
 
Blanco el aire
detenido, en la mano
brilla, en las hojas
y en la sombra brilla.
 
La quietud
y el sonido distinto
de las voces, los ruidos,
las alas de las palomas
en la tarde, lentísimas.
 
¡Dejadme en el estío!

¡No toquéis este instante!

 

Un instante  de una tarde lagunera de verano,  íntima y acogedora, que el poeta pretende eternizar para ir descubriendo su belleza a través de la escritura. Algo que siempre deseó y, afortunadamente, tuvo.

 

Pero, para nuestras mentes adolescentes, La Laguna era entonces una promesa de futuro. Un lugar que aguardaba nuestras pisadas, aún titubeantes, subiendo las escaleras del hoy antiguo edificio universitario.

Una universidad idealizada que no hubiéramos reconocido en la descripción que de ella hace Luis Alemany en su novela Los puercos de Circe: «…edificio universitario gris de apariencia necropólica, aislado del resto de mundo civilizado por un espacio de varios cientos de metros a la redonda, con guarnición de cipreses que dan apariencia de mausoleo a la Facultad de Filosofía y Letras…»

Esa manera de ver a la que di la razón unos años más tarde, cuando subí las ansiadas escalinatas y, una vez dentro, sentí la humedad de sus paredes y el olor a ácido clorhídrico que se colaba por todas las galerías.Universidad de La Laguna

Es evidente que vivir o no en una determinada ciudad condiciona nuestra manera de verla  y de sentirla, y yo que, como Luis Alemany, tampoco vivía en La Laguna, tuve, en un principio, una opinión muy parecida a la suya: La veía como una ciudad casi ajena, por la que deambulaban sus habitantes, extraños también, hasta que un día fui consciente de que yo, una paseante más de sus calles, era también parte de ella. Y así fue cambiando mi manera de mirarla, y las casas, los callejones, las calles y sus plazas fueron contándome, poco a poco, su devenir.

Claro que, en aquella época de juventud y preguntas, me bastaba una ciudad construida a la medida de mis deseos y ni siquiera hoy podría asegurar cuál de ellas, la de antes o la de ahora, es la más real.

El ser persona de paso, desde luego condiciona la mirada; y la mía fue pasando de la indiferencia al asombro, a la complacencia a veces por esa serie de descubrimientos ocurridos por el azar o fabricados de acuerdo con mis querencias.

Poco que ver con la del poeta Fernando Garcíarramos que en su libro El tiempo habitable ve su calle como «una tarde monótona/ y antigua…» Esa calle, la del recuerdo, que aparece con la nostalgia de un tiempo querido pero pretérito. Y así dice:

Mi calle era antes de tierra
y piedras lentas
y tenía jardines y rosales
que han muerto
y tenía sueños, caracoles y hierbas.
Cuando llego a mi calle
no sé si es mi calle
este asfalto sin flores,
gris y silencioso.

 

La memoria del poeta hace que su mirada se vuelva hacia adentro y no hacia el paisaje nuevo que contempla. Y eso lo lleva a una proyección de sí mismo en esa calle, en esa ciudad que permanece en su recuerdo como un paraíso perdido. Es otra la ciudad que el poeta ha conocido y que yo apenas vislumbro, pero que me acerca a otras realidades que tienen que ver con el paso del tiempo.

La Laguna que yo me construía entonces, aparte de su entorno urbano, era también un desfile de gente de todo tipo: estudiantes, profesores, gentes de pueblos cercanos que venían de compras, niños contemplando los patos del estanque de la Catedral, turistas, ancianos sentados en bancos de piedra o de cemento, aprovechando los pequeños ratos de sol,  curas, obispos, monjas, apenas entrevistas. Y todo ello formaba parte de esa esencia de la ciudad a la que el escritor Rafael Arozarena – que tampoco la habitó-se dirige, en su poema Contemplación de la ciudad de los obispos, con un tú en el que vuelca su particular mirada.

Y dice:

Tiene que ser así para contemplarte
que el sol funda los punteros del reloj de los agustinos
y se marque el tiempo con la inversión de los cipreses
y el viento pierda su turbillón en el halda de las monjas
antes, poco antes que la coruja encienda sus ojos en la torre mayor…

 

Para terminar con:

[…mármol persistente de una lágrima de Cristo que fue laguna.
Ha de ser así para contemplarte siempre
mientras no soñamos y arrodillados 
habites nuestra vigilia.

Una Laguna que, como la isla que contempla Rafael, guarda en sus calles, en sus casas y en cada uno de sus rincones, todo lo que fue, su historia, sus verdades y mentiras, sus secretos, sus glorias y sus miserias y que el poeta nos la presenta para que la descubramos con ojos nuevos, como esa nueva realidad que él ha creado con su palabra, siempre dispuesta a señalarnos todo lo que la vida tiene de atrayente misterio.

Ese verso en el que aparece una lágrima de Cristo que fue laguna, me vuelve a conducir, sin remedio, a varios años atrás.

De niña, mi familia me había llevado a visitar al Cristo de La Laguna en su santuario. Lo Santuario del Cristoprimero que llamó mi atención fue aquel letrero semicircular que rodeaba la puerta de entrada al antiguo convento franciscano y que ponía “Todo por la patria”. Eso y la presencia de dos soldados haciendo guardia,  hicieron inevitable mi pregunta.

Mi padre me explicó que desde el siglo XIX, después de que se fueron los monjes, el ejército solicitó el convento para que fuese cuartel del Regimiento de Milicias Provinciales. Nada más  lejos de la historia que mi imaginación había forjado y que había hecho de aquellos militares unos guardianes heroicos del famoso Cristo.

Entramos en el largo y estrecho santuario, alumbrado solo por una lámpara de araña con luminarias que imitaban velas, y que era la más cercana al altar, lo que hacía que se destacara aún más el retablo de plata repujada con una hornacina central que daba cabida a la cruz donde un Cristo, aún oscuro, perpetuaba su instante de agonía. El olor a incienso, mezclado con el de las velas de los exvotos que ardían en una estancia aledaña y la visión de aquel Cristo agonizante que, en mi niñez, en aquella Semana Santa, me produjo un sentimiento que nada tenía que ver con la piedad sino con el miedo,  mezclados ahora con la extraña belleza de la talla, me reconciliaron con el lugar y el tiempo.

Pero hablar del Cristo de La Laguna es también hablar de sus fiestas.

He de confesar que mi miedo a los fuegos artificiales, me retrajo durante años de asistir a ellas, pero un día decidí hacerle frente, y con un grupo de amigos me vine a La Laguna.

Esa tarde la ciudad tenía el tono especial de los ocasos de septiembre. El sol, en su deseo de prolongar un verano que ya se iba despidiendo, brindaba sus reflejos naranjas a todas las ventanas, a las paredes blancas del Convento de las Claras, a los rostros expectantes de los que acudíamos a la Plaza que, desde muy temprano, bullía de gente, y nos apabullaba con las diferentes músicas que salían a todo volumen por los altavoces de tómbolas, tiovivos y demás elementos de la feria, con el olor a adobo de los ventorrillos y las voces de vendedores ambulantes que pregonaban su mercancía de helados de cucurucho, o manises y almendras garrapiñadas.

De pronto, el sonido de la banda de cornetas y tambores nos puso sobre aviso. El Cristo se acercaba por la calle  de Viana y estaba próximo a desembocar en la plaza. La pólvora de los fuegos de la montaña de San Roque empezó a brindarnos sus ruidosos,  coloridos .y brillantes pétalos, sus impresionantes cascadas, sus vuelos hacia un cielo cada vez más nocturno. Las ruedas de fuego parecían competir unas con otras en velocidad y colores, antes de su detonación final.

Era solo el comienzo. Yo empezaba a alarmarme. La figura de Cristo estaba ya en el centro de la Plaza; se silenciaron las músicas y la fanfarria de la feria y entonces ocurrió. Una grandísima y, para mí, inesperada traca- mis amigos se habían cuidado de avisarme- se encendió alrededor del recinto y, no me pregunten de qué manera, pero de pronto me vi dentro de una de las tómbolas de  los feriantes. Cómo salté por encima del mostrador es todavía un misterio, pero allí estaba, y el pobre señor de la tómbola me miraba preguntándose qué hacía yo allí dentro. Claro que, al ver mi cara de susto, me dejó permanecer en su caseta hasta que pasó todo.

Para qué contarles la hilarante reacción de mis amigos.

Mi atávico miedo-porque no le doy otra explicación a ese sentimiento de terror que me sacude cada vez que oigo un volador-  aún continúa, así que prefiero contemplar al Cristo en su santuario, a salvo de jolgorios y, sobre todo, de fuegos artificiales.

Por eso y siguiendo a Rafael Arozarena, al contemplar al Cristo mientras cae la noche en la ciudad de Aguere,  pienso y repito que «esa noche no me importa/ que la fiesta se celebre en otra parte.»Cristo de la Laguna

Aguere…Guerea.

Mis pasos se van haciendo más lentos para recorrer la ciudad. Me detengo en sus casas, me cuelo en sus zaguanes, en sus patios, al llegar a la Catedral, entro en una de las casas de enfrente,  y subo las escaleras que me llevan a un lugar donde la amistad, el amor por la cultura, por el arte, por la poesía se refugian como en un privilegiado reducto.

El Ateneo me ha abierto sus puertas y yo no he podido por menos que entrar. Desde una de sus ventanas del primer piso contemplo la Catedral, su estanque, la casa  Ossuna, la calle en semi penumbra, la farmacia aún abierta, de la esquina.

Un hombre pasa.
Es dueño de su sombra
y del suelo que pisa solo ese instante.
No se detiene en lugar alguno.
Solo pasa,
sin esperar a nadie, con la certeza
de estar a solas con los astros.
Nace de él
un compás de dardos deseosos,
o eso imagino.
 Al fin y al cabo
solo sé de sus pasos que se pierden
como el primer aliento de la noche.

 

Pero este pasajero es alguien que lleva consigo todo el amor a una ciudad que lo acogió sin preguntas y que él ha hecho suya.

Arturo Maccanti pasea por su Guerea y todo cambia. Con su palabra la ciudad recobra su sentir humano, su deseo de ser algo más, de perdurar en un tiempo cuya razón de ser es, sin embargo, la mudanza. Y así, con sus poemas, La Laguna va entrando en nosotros.

Elegir un lugar para vivir tiene, inevitablemente, unas consecuencias, buscadas o no. El poeta ha cambiado la luminosa costa de Tacoronte por la neblinosa e inquietante ciudad de Guerea, con sus  nocturnas calles solitarias tan propicias para los recuerdos, para la reflexión, para los sueños, y tal parece que, por fin, ha encontrado su sitio.

Así, gracias a este viajero insomne, Guerea se convierte en un lugar que está más allá del tiempo, del frío y de la lluvia; en una ciudad mística y mítica por la que el poeta deambula y escribe.

La Laguna le brinda sus espacios, sus gestos, sus lejanías y Maccanti los recoge, los transfigura, los convierte en un instante detenido, perpetuo. Y se dice:

Único huésped yo del instante, nadador del silencio, me aproximo consciente al principio de un día, a la orilla de otro océano tortuoso del tiempo.

Es entonces, al leer ese Escrito en Guerea, cuando yo descubro una nueva ciudad.

A veces, sin saber cómo ni por qué, llego a una parada de tranvía. En ese momento se acerca uno. Lo cojo. Al pasar por la antigua Universidad regresan los recuerdos. En mi memoria los cipreses recortándose en un cielo inusualmente azul, los pasillos en semi penumbra de la Facultad de Filosofía y Letras, la conciencia de estar viviendo momentos difíciles, de amordazados silencios, de lecturas clandestinas, de asambleas improvisadas, de lucha.

Todo se aleja al ritmo del tranvía. El relente  de la  avenida de La Trinidad me invita a aligerar el paso y a adentrarme en la ciudad de siempre,  la que pretende detener el tiempo, aun sabiendo de su continuo e inevitable transcurrir.

La ciudad permanece, mientras somos nosotros, pasajeros del tiempo, los que recorremos sus calles, sintiendo, a cada paso, el deseo de ser frente a la noche inmensa.

Y vuelvo a los versos del poeta, definitivamente inmerso ya en su destino, que afirmaba: Pudiera yo vivirte de nuevo,… ahora que mi tirreme, tras el arduo periplo de existir, vuelve, lento y dorado, a los puertos de Ítaca.

Llega el ocaso.

La Laguna va volviéndose más íntima. Las luces van tejiendo una ciudad que se llena de voces que apenas se resignan a la noche. Pero el misterio asciende. Trepa por los blancos espacios de las casas dormidas, por los balcones, entra en la oscura tibieza de unos ojos que contemplan, insomnes, el discurrir constante de las horas.

Y de pronto me doy cuenta de que yo soy también esa sombra que pasa, que sueña, que imagina y que escribe al abrigo de un tiempo que, como esta ciudad, se hace historia e instante.

 

 

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Presentación de EL SEPULCRO VACÍO por Aquiles García Brito

 Presentación leída en la Casa-Museo Poeta Domingo Rivero en Las Palmas de Gran Canaria

El sepulcro vacío

Cecilia Domínguez Luis

Nueva Asociación Canaria para la Edición (NACE) – 2015

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El sepulcro vacío, de Cecilia Domínguez Luis, no es la incursión típica de un poeta en la prosa a las cuales nos tienen acostumbrados que terminamos definiendo como narrativa experimental, por impedirnos el rigor o, la mayoría de las veces, el rubor, llamarlo de otra forma, dado su pobre resultado, ni la llamamos «novela» acogiéndonos a aquella famosa y generalizante afirmación de Camilo José Cela  «Novela es todo libro que pone por fuera “novela”».

Su autora abandona el oficio de poeta para dedicarse por un tiempo al de novelista; sin  contaminarse de las mañas líricas  a las que tanto tiempo dedica, coge las herramientas narrativas —y no es la primera vez que lo hace— para contarnos una historia Presentación sepulcro vacío 3muy atrayente, cuya necesidad de construcción es apenas la imagen de un sepulcro vacío en su mente,  a donde llegó por las historias  de su abuela y la propia visión física del mausoleo que se alzó en medio de su pueblo, infancia y juventud. Ciertamente, apenas una imagen, pero el germen potente de donde nace y crece toda narración por muy larga que sea, aquel del que Umberto Eco tomó consciencia después de la publicación de su tercera novela, y al que llamó «idea fecunda». El nos dice:

En “El nombre de la Rosa”, simplemente me impresionó la imagen de un monje envenenado durante la lectura de un libro. Esa fue la imagen fecunda. El resto vino a pedazos, en mis esfuerzos por dar sentido a esa imagen.

Y Cecilia afirma:

El origen de esta novela sí se basa en un hecho real que conocí desde muy pequeña a través de mi abuela…Todo se completó con la imagen de ese sepulcro vacío que no dejaba de contemplar cada vez que tenía ocasión de ir al entonces original y atractivo Jardín Victoria.

No es casualidad que ambos compartan el mismo mecanismo creativo.

Tan potente es esta imagen o «idea fecunda» en el caso que nos ocupa que no solo es el generador de la novela, sino que le da título y está presente en todo el relato hasta la última frase, como sigue en pie la edificación en la patria chica de Cecilia, originando la inspiración, tanto tiempo después.

El sepulcro vacío no es una novela de género. No es, en primer lugar, una novela romántica.  La despedida de Pablo, uno de los protagonistas, de su novia Andrea, cuando se marchaba del pueblo para cursar los estudios superiores en otro donde permanecería de lunes a viernes durante un año, se narra así:

Le pidió a su madre que no saliera, que se despedirían allí en el salón. Andrea lo esperaba en la puerta. (pág.275)

Y el siguiente párrafo nos sitúa ya en otra escena: La llegada de Pablo al otro pueblo. Está claro que semejante circunstancia hubiera sido explotada de manera muy distinta en una novela romántica.

No es, en segundo lugar, una novela costumbrista pues esta es un subgénero de la histórica, tipo en el cual tampoco podemos adscribir a El sepulcro vacío.  No están aquí las continuas descripciones continuas y minuciosas sobre los usos y costumbres de la época en que se desarrolla la trama, salvo en los contados casos que es necesario para explicar la acción, ni la datación exhaustiva de los hechos reales obligatoriamente narrados en este tipo de novelesca, y de los que nos advierte Cecilia Domínguez Luis —valga como prueba—

«El Sepulcro vacío es, ante todo, ficción. El origen de esta novela sí se basa en un hecho real que conocí desde muy pequeña a través de mi abuela…

…El resto es pura fabulación…aunque también es cierto que estuve documentándome…sobre todo lo que podía ayudarme a dar verosimilitud a mi historia».

La primera referencia concreta al período novelado aparece empezando el segundo cuarto del libro, en voz de Pablo, expresando sus deseos de viajar a París:

Sinceramente, me gustaría mucho ir; no solo para conocer la ciudad sino, como me dice Ramiro en su carta, para visitar la torre Eiffel y la nueva estación de Orsay, que construyeron para la Exposición Universal.

El sepulcro vacío no responde a ninguno de estos géneros, o de cualquier otro, aun conteniéndolos a todos.  Los géneros son constreñidos y selectivos y, cuando se elige uno, en general, se deja fuera a todos los demás y esta novela se lee desde una perspectiva superior, más parecida a la vida, en la que pasan cosas de muy distinta índole pero, lo más importante, le pasan a las personas y por las personas, sin cuyo conocimiento nos sería imposible interpretarlas.

Esta es una novela de personajes, quienes a través de sus relaciones y conflictos, y no por la mera sucesión de lo acontecimientos, hacen avanzar la acción, que no es aquella historia que se presenta como el argumento en muchos casos. Yo diría que El sepulcro vacío cuenta el paso de un adolescente a la edad adulta y la decadencia de una persona adulta hacia la vejez y final. Es verdad, está presente  la historia de un marqués a cuya muerte prematura le fue negada la sepultura sagrada por su condición de masón, y la construcción por parte de su madre de un mausoleo que quedó vacío al descansar finalmente en el panteón familiar—incidente constitutivo de uno de los misterios importantes a resolver en esta narración— pero, como nos indica Cecilia en la nota introductoria, esta se convierte,  en  «la base» externa de la verdadera acción, la interna de los personajes, que ella enfatiza, junto a su perfecta  caracterización  interior, sus motivos y circunstancias.  De ahí, la continua reproducción de sus pensamientos, la utilización de los diálogos interiores, y las escenas retrospectivas.

También, de ahí el ritmo particular descrito por otros como paciente, sosegado, sostenido y sereno, y que yo definiría como acompasado a las distintas personalidades y estados de los protagonistas. Fijémonos en el comienzo del capítulo XXXV:

los días transcurrían de forma muy diferente para Pablo y su madre. La rutina de Isabel, la espera continua a que llegara el sábado, hacía que le resultaran largos, casi interminables. Pasaba muchas horas de la noche en un duermevela en el que cada ruido de la casa lo asociaba con …

y un párrafo después

A él le sucedía lo contrario y los días pasaban rápidos. La ciudad le ofrecía mil posibilidades, en un ambiente estudiantil que combinaba el estudio con la diversión y las salidas nocturnas… (pág.295)

Se aprecian con claridad las cadencias distintas en uno y otro caso, observen la diferencia entre el detalle de cada ruido de la casa en el primero con el agrupamiento de las mil posibilidades, en el segundo.

Lo que ocurre es que se antepone la descripción de los ánimos, pasiones y conflictos psicológicos de los personajes, a la narración de los sucesos, pero sin caer, ni siquiera de lejos, en los excesos proustianos donde desaparece, dejando su lugar al efecto que estos producen en la sensibilidad, el pensamiento, la imaginación y la memoria. Por estas características, El sepulcro vacío se acerca a Crimen y castigo y a la mayor parte de las novelas de Benito Pérez Galdós, aunque no restrictivamente, pues goza en paralelo de influencias más nuevas en otros aspectos en los que no voy a entrar en esta ocasión.

Es manifiesta la habilidad de Cecilia Domínguez para dilatar la aclaración de los misterios y la resolución de los conflictos, como ocurre, por ejemplo, en uno de los últimos capítulos, donde parece que el relato nos aboca a conocer uno de ellos, con el encuentro de dos de los personajes, Pablo y Matías, leyéndose:

 

Pablo juzgó demasiado prematuro hablar con Matías. Antes tenía que estar más seguro de lo que iba a hacer. Por eso se limitó a informarse de cómo marchaba todo…

…Cuando se despidió, Matías creyó que el comportamiento del marqués, que ni siquiera le había insinuado petición alguna, había sido una buena señal, una prueba de que todo era producto de su imaginación estimulada por las malas artes de Virgilio. (pág.305)

En cuanto a los temas que trata o toca El sepulcro vacío, según los casos, están presentes unos universales

El conflicto generacional familiar, que sobrepasa el filosófico e ideológico, porque tras ellos está el amor hacia la otra parte —en distintas formas también uno de los temas principales—, por un lado beneficioso y moderador de los impulsos irracionales del carácter propio y de los impuesto por las situaciones, y por otro frustrante de las expectativas individuales.

La soledad, que aparece de forma reiterada haciendo presa, de una manera o de otra, en casi todos los personajes relevantes.

Las creencias y su influencia positiva o negativa en la sociedad, sus ritos. Se agrupan aquí el catolicismo y la masonería, sobre la que se desarrolla principalmente esta historia.

El mito, en este caso París como ejemplo de supuestas libertades ideológicas, igualdad social y superioridad cultural y artística.

La desigualdad de oportunidades entre las clases sociales más y menos favorecidas, confrontadas aquí en los personajes de Pablo, el heredero de la condesa y Matías el jardinero.

y otros específicos y muy típicos en la prosa última de Cecilia, como por ejemplo

El secreto y sus consecuencias determinantes en las vidas de quienes lo guardan y de quienes intentan conocerlo, que del mismo modo que el tratamiento psicológico de los personajes, no es nuevo en su obra, pues ya lo desarrolló en su anterior novela Si hubieras estado aquí (Idea -Aguere – 2013) (pág.114)

 

En resumen, El sepulcro vacío, la última y lograda novela de Cecilia Domínguez Luis es muy interesante por todo lo dicho antes, pero también muy entretenida, la primera condición que debe tener cualquier narración que se precie, pues tiene una trama sólida a la que se le pueden seguir distintos hilos, sin perderse las sorpresas y los misterios —incluidos posibles hechos sobrenaturales— que la condimentan, y una acción principal  que avanza ágil por el empuje de los personajes tan dibujados por la autora que les parecerá tenerlos enfrente y conocerlos de siempre.

Es una historia veraz, donde hay amor y odio, alegría y tristeza, éxito y fracaso, progreso y retraso, intransigencia y fanatismo y tolerancia, riqueza noble y pobreza brutal, esperanza y muerte también. Cuando terminen de leerla, y recuerden que ese es el deseo máximo de la actual Premio Canarias de Literatura dos mil quince, que la lean, tendrán la sensación de haber recorrido los avatares de unas vidas ordinarias como las nuestras, porque como dice  Joan Margarit

el dolor y la felicidad nunca van por separado, y no es posible escribir algo angustioso solo ni feliz solo. Hacerlo sería falso porque la vida no es así.

 

Aquiles García Brito.

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Presentación de EL SEPULCRO VACÍO por Sinesio Domínguez Suria

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Presentación leída en el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife y en el Liceo de Taoro de La Orotava El Sepulcro vacío, de Cecilia Domínguez Luis, 2015. Nace (Nueva Asociación Canaria de Editores), Las Palmas de Gran … Continuar leyendo

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Sobre CUADERNO DEL ORATE por Michelle Roche

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jueves, 25 de junio de 2015 Estrategias para contar locuras “Seguramente haya un gran dios que ordene que la tierra se cubra de vapores y túneles, y mujeres que hagan nacer afilados cuchillos de sus vientres para defender a ángeles … Continuar leyendo

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Pregón Fiestas de La Orotava 2015

POR LEJOS QUE ME FUERA YO VOLVERÍA

 

Pregón para las Fiestas de La Orotava

 

Pregón 14

Si hay algo hermoso en las despedidas del lugar en el que hemos vivido, no es solo lo que dejamos atrás, sino, sobre todo, la esperanza del regreso. Y el título de este pregón, Por lejos que me fuera, yo volvería, que son los dos últimos versos de un estribillo que compuse a los 11 años y  fue premiado por la Sociedad Liceo Taoro en 1960, lo confirma.

Tal parece que esos versos escondían algo premonitorio pues, nueve años más tarde, dejé La Orotava para irme a vivir a Santa Cruz. Sí, es cierto que el lugar no está lejos en el espacio, pero sí lo estuvo en el tiempo. Un tiempo en el que la memoria fue acumulando vivencias que, un día como el de hoy, devuelvo a esta Villa que me vio nacer.

Todos sabemos que la memoria inmortaliza la experiencia vivida, deshaciéndola del tiempo, perpetuándola en la palabra dicha o escrita. Pero, cuando acudimos al recuerdo, lo hacemos de manera selectiva y, al mirar atrás, la memoria nos devuelve el paisaje o la experiencia no tal y como nos impactó cuando lo contemplamos o la vivimos por primera vez, sino modificada de acuerdo con nuestra particular forma de ser y de sentir.

De ahí que el tiempo o el lugar que describimos sea diferente al vivido, pues la memoria y la ensoñación lo convierten en algo nuevo.

Siempre he pensado que el olfato es el sentido de la memoria y que nuestra infancia eterniza los olores. Por eso, cualquier olor aislado o una mezcla de ellos nos lleva a un olor único, recordado e íntimo de un momento de nuestro ayer.

Así, el olor a pan recién hecho y a plátanos fritos me remite inmediatamente a mi niñez, cuando, de regreso del colegio, llegaba hasta el Teatro Atlante- hoy, desgraciadamente desaparecido-. Hasta allí llegaba el olor a pan recién hecho que salía de la panadería de doña Jovita, una panadera que vigilaba, atenta, desde su silla de anea, las labores de amasado de su hijo, al que daba unas firmes instrucciones, como gran conocedora de los secretos que encerraban la harina, la levadura o la sal…, mientras yo, que esperaba a que saliera el pan del horno, miraba con la boca abierta.

Ese olor a pan, que se mezclaba a veces con el de plátanos fritos de alguna casa vecina, hacía que me detuviera para aspirar aquellos aromas y saborear, anticipadamente el pan crujiente que me esperaba en casa.

 

Junio olía a flores y a brezo, a carburo, ventorrillo y bosta de animales. En definitiva, a fiestas y romería.

Se estrenaba vestido. Era un rito más. ¡Cuidado con los cochitos de choque y con la grasa de las norias! Molestan los zapatos nuevos y hay que ponerse un esparadrapo y aguantar.

La  plaza de La Constitución preparaba su kiosco para las bandas de música que amenizarían los paseos,  el cortado con algún dulce seco, o el refresco tomado en las pequeñas mesas que lo rodeaban, mientras las turroneras sonreían a todos los que se acercaban a comprarles las famosas tortitas de miel y almendras ( a veces manises) o las dulcísimas rapaduras, y un olor a adobo salía, invitador, de los ventorrillos.

La noche de la víspera de la Octava del Corpus, uno de los días grandes de la fiestas, iba con algún familiar a contemplar cómo mujeres de todas las edades, sentadas alrededor de grandes tableros, deshojaban miles de flores y las agrupaban según el color de sus pétalos.

La mezcla de aromas y la algarabía que se respiraba allí me asombraban y no podía dejar de mirar y oler, al tiempo que apretaba la mano de quien iba conmigo, tal vez para cerciorarme de que lo que contemplaba era real.

En esos momentos me hubiera gustado ser una de esas manos y deshojar rosas, malvaviscos o margaritas, esas flores del “me quiere, no me quiere” con las que siempre hacíamos trampa a nuestra conveniencia.

Los hombres traían sacos llenos de brezo triturado que serviría de fondo a los tapices, y el olor que desprendía me transportaba a  bosques y jardines lejanos

Y La Orotava se convierte de pronto en miles de Penélopes que tejen con flores sus telas, aun sabiendo que serán deshechas, al día siguiente, con la luz del ocaso.

Esa misma noche aprovechábamos para ver la alfombra del Ayuntamiento, si teníamos suerte, desde uno de sus balcones. El olor es ahora a tierra humedecida, no fuera que una racha de viento jugara una mala pasada y malograra tantas horas de intenso  y hermoso trabajo.

Nuestros ojos se impregnaban de los colores de la tierra volcánica que fue nuestro origen: ocres, verdes, grises, rojos… Y, en el centro de la plaza, el gran tapiz. Pintura de arena que, frecuentemente representaba alguna ceremonia en torno a la eucaristía, o un pasaje bíblico y que también desaparecería al día siguiente, mientras el coro de Santa Cecilia, al que pertenecían mi madre y mi tía, y en el que me colaba, simulando cantar para disfrutar del espectáculo desde un sitio privilegiado, entonaba el “Tantum ergo” y el sol se ocultaba tras la Iglesia de la Concepción.

A todos nos quedaba un sabor agridulce, cuando veíamos que nuestras pisadas habían ido borrando el rastro de lo que antes era una paloma, unas manos tendidas, un cáliz.

Era entonces cuando las flores y el brezo exhalaban su olor más intenso, como si supieran que el momento cumbre de su belleza era también el de su destrucción. Y de esta manera, la belleza de lo efímero nos atrapaba, precisamente por esa condición de caducidad que tanto se acercaba a nuestra propia existencia.

Atrás quedaba nuestro recorrido por las empinadas calles de adoquines y las hermosas y señoriales casas del centro histórico que se nos ofrecían como una promesa de continuidad en el tiempo.

Era un itinerario especial, en el que mis ojos siempre encontraban algo nuevo. Bastaba con levantar la vista y allí estaba la Iglesia de la Concepción, con su bella cúpula de tambor, flanqueada, a manera de centinelas, por dos torres, la del reloj y la de las campanas que ese día no paraban de repicar.

A mi espalda, por la acera derecha, la casa Salazar, convertida hoy en Universidad privada, y al fondo, en la calle Tomás Zerolo, -más conocida por la calle del Agua- la casa Machado Llarena, de la que me siempre me llamó la atención su fachada modernista con su balcón, de acceso circular, decorado con motivos propios de esa época.

Pero había que continuar, y subíamos por la trasera de la iglesia, con parada obligada ante la alfombra de los Monteverde que parecía superarse cada año, arriesgando en los relieves de sus figuras humanas y de animales.

Había que doblar la esquina para tomar por la calle de la Carrera. El sol del mediodía, aunque tamizado por una ligera capa de nubes, hacía sentir su fuerza. Una nueva mirada me conducía a la Casa de los Balcones, en la hermosa y pendiente calle de San Francisco, donde se encontraban el cementerio, el asilo con su gran arco de entrada y el convento. Enfrente, una pequeña plaza ajardinada, los lavaderos que, en esa época, aún prestaban sus servicios, y el comienzo de la llamada Villa de Arriba. ¡Qué aventura subir aquellas adoquinadas y pendientes calles, con el olor a gofio de los molinos, hasta llegar a la plaza y la Iglesia de San Juan. Esa iglesia a donde, noveleras y curiosas, subíamos, cada Viernes Santo para ver cómo enterraban la imagen de un Cristo en una especie de baúl cuya tapa dejaban caer, con el consiguiente estruendo que retumbaba en las paredes de la iglesia y sonaba como  a amenaza de terrible eternidad.

Pero vuelvo a mi recorrido. Pasada la alfombra, no menos hermosa y arriesgada, de Isabelino Martín, un gran tapiz llegaba hasta la esquina de la plaza del Ayuntamiento. La topografía tan especial de  La Orotava, con sus calles en pendiente, nos permitía una visión panorámica excepcional de los corridos, esas alfombras que, como cenefas, repetían motivos florales o geométricos y que eran las que más me gustaban- no sabría decirles por qué.

Y de nuevo, en el punto de partida: la iglesia de la Concepción a la que, a veces entraba buscando su frescor y ese olor a incienso que me aturdía y me llevaba a imaginar cualquier misterio.

Pero La Orotava era algo más que ese día o los que habrían de venir; algo más que sus señoriales casas, que sus pendientes calles, sus callejones, sus barrancos; más que el verdor que llegaba hasta el mar, bajo la mirada del Teide que también vigilaba nuestros sueños.

Por eso, un día salí en busca de los otros. Estaban cerca, a dos pasos, unidos en el tiempo y en el espacio de la Villa. Podía sentir sus risas, sus juegos, y yo quería ser una más, jugar a la guerra en los barrancos, saltar a la soga o jugar a la pelota en medio de la calle, hasta que aparecía un coche- lo que ocurría muy de vez en cuando-, e interrumpía por un momento nuestros juegos.

Era el tiempo de tocar la inocencia, cuando la sonrisa materna aún nos protegía de los oscuros miedos de la noche.

Y poco a poco el pueblo fue contándome su historia al mismo tiempo que yo forjaba la mía.

Y surgieron las primeras amistades. Esas que no se olvidan a pesar del tiempo y la distancia. Y con ellas, las palabras en clave que unían nuestros temores, que nos volvían alegres y cómplices. Esa amistad que nos hacía sentir invulnerables y por la que aceptamos el compromiso con la vida.

Hoy siento más la ausencia de aquellos que nos dejaron, pero también la alegría del reencuentro.

Todo se presenta de golpe: El colegio y su educación nacional-católica que me sumía en un mar de confusiones y en el que no faltó alguna que otra discusión con los representantes de la iglesia, por cosas tales como preguntar, cuando me estaban preparando para la primera comunión, que si, como decían, Adán y Eva eran blancos, de dónde habían salido los negros. Pregunta que quedó sin contestar, porque, al parecer yo era una niña de poca fe. Pero yo no escarmentaba y seguía haciendo preguntas “comprometedoras”, para una fe -la de entonces- que no permitía la mínima duda y por la que a punto estuve de acabar expulsada.

Eso te pasa por cuestionarlo todo, me decían.

No tardaría nada en darme cuenta de que vivíamos en un país sin libertades y que el miedo- al castigo o al infierno- era un arma de poder. Una libertad de la que se hablaba en mi casa, pero en voz baja,  porque “las paredes podían oír”, y a saber si eran o no del Régimen…

Sí, como decía Pedro García Cabrera, la isla era un silencio amordazado, y en aquella esquizofrenia en la que yo vivía: educación en colegio religioso, contra los aires de libertad y lucha que veía en mi casa, crecí intentando tener ideas propias. Y nada mejor para ello que la lectura, y a ella me aferré como a una tabla de salvación que, unida a mis primeros pasos en la tarea de escribir, me fue redimiendo de mis contradicciones o haciendo que las aceptara como parte de mí misma.

Pero, siguiendo con la amistad, si algo me gustaba el colegio era porque allí me encontraba con las amigas. Hablábamos de todo: de las fiestas, del cine, de las monjas y sus rarezas, de los chicos que ya nos rondaban. A veces, alguna confidencia nos conmovía y hacía que nos sintiéramos más unidas.

Y allí estaban Isabel, Laura, Leonor, Aurora, Fefa, Juani, Áurea, Carmen y un montón de compañeras más.

A la salida del colegio, una escapada a la plaza para ver a “los chicos”, Jaime, Carlos Tomás, Miguel, Toño, Óscar, Santiago, Tino, Bernardo, Francis, Paco, Medina…que, en una esquina simulaban- muy mal por cierto- no estar esperándonos.

El problema estaba en que si alguno o alguna de los que llamábamos correveidiles, nos veía, no tardaría en informar a las monjas y la reprimenda no se iba a hacer esperar. Y es que eso de estar con chicos y encima con el uniforme del colegio era casi casi un pecado o, como poco, una barbaridad.

Sí, la verdad es que eran una barbaridad aquellos uniformes de marineras de tierra adentro, cuya estética dejaba bastante  que desear.

Además, el riesgo de que nos vieran nos servía de acicate. Luego venía lo de déjame por un lado que de allí viene fulanito, o vamos a dividirnos de tres en tres o de dos en dos…Y yo más seria que un guardia, llena de los complejos de una adolescente alta y algo flacucha, que además era un poco rarita porque le gustaba escribir y, encima, poesía. Así que en eso de ligar lo tenía bastante difícil.

Sin embargo, lo importante para mí era la amistad, la pandilla de chicas y chicos entre los que no faltaron los primeros amores, las primeras traiciones, los primeros celos, los secretos.

Era el tiempo en que soñábamos con caricias y no comprendíamos (o tal vez sí) aquel escalofrío que nos sorprendía ante la proximidad del otro. Era como un temblor extraño que venía de muy lejos, de lo más profundo de uno mismo.

Pero por encima de todo, nuestra ilusión por la vida, las miradas cómplices, los descubrimientos.

 

Se acercaba el solsticio de verano y La Orotava se vestía de fiesta.

Después del Corpus, el baile de magos que organizaba el Liceo Taoro y del que recuerdo, como si fuera hoy, a la feliz pareja que formaban mis padres con el traje tradicional, bailando en el patio del viejo Liceo. Casi al final del baile, la elección de la Romera Mayor, al día siguiente la romería chica y por fin, el domingo, la Romería en mayúsculas.

Todo era un corre, corre para llegar temprano a San Francisco-  lo que nunca logramos-

Mi hermano Domingo, con el entusiasmo y la alegría que siempre le caracterizó, lo tenía más fácil y, aparte de lo que tardaba en abrocharse las dichosas polainas de cuero, estaba listo en un periquete y salía a buscar a sus amigos cantando con su vozarrón “esta noche no alumbra”.

Y yo sudando bajo aquella falda de lana, con el justillo, la capa y el sombrero. Y mi abuela diciendo: “no vayas a olvidarte del timple,” y yo rasguea que te rasguea hasta que los dedos se ponían al borde de la llaga. Pero estaba el encuentro con los demás amigos y sus trajes de magas y magos, dispuestos a ser los mejores de la fiesta.

Así formábamos una improvisada parranda, y a mi cabeza volvía el estribillo: Valle de La Orotava, /rincón de flores,/ con tus fiestas alegras/ los corazones/ Para ver tus alfombras/ y Romería/ por lejos que me fuera/yo volvería. Un estribillo que ya había dejado de pertenecerme para ser de quien o quienes lo cantaran.

San Isidro y Santa María de la Cabeza, llegaban por fin a su ermita del Calvario, pero aún no terminaba la fiesta. Porque en mi casa, como en casi todas las casas de la Villa, se reunían familiares y amigos, alrededor de una mesa llena de papas, queso, gofio y carne en salmorejo, además de un vino del país que, a veces era un poco pirriaca y nos auguraba un dolor de cabeza.

Y mi madre, que no se prodigaba mucho en eso de tocar el piano- lo que aún no me explico- se sentaba ante él, lo abría y sus manos empezaban a interpretar unas folías, con tal entusiasmo, que a pesar de que lo repetía cada año, como un rito, a mí me seguía causando un hormigueo en el estómago. Tal vez por eso la folía es mi copla preferida.

Si ese año estaba por allí mi tío abuelo Jesús y su familia, este cogía la guitarra y mi tía María Luz ponía su voz a folías, isas y malagueñas que los demás coreábamos con más o menos acierto.

Era un fin de fiestas especial que al día siguiente recordaríamos con nostalgia.

La Orotava despierta poco a poco. La feria se desarma, dejando manchas de grasa y olor a gasolina donde antes había una noria o un tiovivo. Las turroneras recogen con rapidez sus puestos pues otro pueblo las espera.

En las calles hay una mezcla de olores, no precisamente agradables, que nos confirma el final del jolgorio y que pronto es sustituido por un fuerte olor a zotal que termina con todo.

El piano de mi casa vuelve a cerrarse hasta una nueva ocasión y todo permanece a la espera.

Yo volvía a vestir aquel horrible uniforme de marinera y con pocas ganas de volver al colegio, pasaba a buscar a Isabel, una de mis primeras y mejores amigas a la que hoy dedico un recuerdo especial, igual que a todos los demás amigos que nos dejaron.

Vivíamos muy cerca y ella, mucho más novelera que yo, me hacía reír con sus ocurrencias y avatares. Más adelante nos encontrábamos con Laura y Leonor y juntas comentábamos aquellas fiestas. Los recuerdos se mezclaban con la imaginación y los deseos, y nuestra amistad se hacía cada vez más fuerte.

Poco a poco, el Valle retoma su andar cotidiano. Las hojas de la fiesta y el verano vuelan hacia el mar, y la memoria renace, una vez más, de las cenizas.

Aún nos llegan, cercanos, el olor de la fruta, los ojos, la sonrisa, la memoria del otro, de los otros. Y mi niñez vuelve a subirse a los tejados y, bajo la vigilancia del volcán, mira hacia el mar y sueña.

 

Cecilia Domínguez Luis

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Discurso entrega Premios Canarias

Premio Canarias de Literatura 2015

Acto de entrega celebrado el 30 de mayo de 2015 en el Teatro Guimerá, en Santa Cruz de  Tenerife

Recogida del premio
Este año los galardones recayeron en la modalidad de Cultura Popular en Luis Millares Sall, en la de Deportes en Antonio Ramos y en Literatura a la poeta y escritora Cecilia Domíngez.

En este acto también se hizo entrega de las Medallas de Oro 2015.

 

Discurso de Cecilia Domínguez Luis

JUEGO LIMPIO

 

Nota previa:

En este breve discurso pretendo recordar y homenajear a todos los Premios Canarias de Literatura, utilizando pequeñas frases o versos suyos, en un intento de demostrar que la cultura no puede ser individualista, sino una unión de diferentes voces, de hombres y mujeres, que tienen como objetivo la libertad y la unión de los pueblos.

Cecilia_Canarias 1

Vivimos tiempos difíciles. Todo se tambalea y aún nos preguntamos de qué lugar del tiempo nos llegó el abandono, este no reconocernos en el otro, el sálvese quien pueda. De dónde ese “aquí vale todo” que ya forma parte de nuestro diario transcurrir.

Algunos resistimos, utópicos tal vez. Y así Totoyo Millares trenza el alma de su tierra en las cuerdas del timple y todo adquiere un aire emocionado, de rito. Y Antonio Ramos no ceja en su lucha por reivindicar un juego limpio, sin trampas ni engaños.

Juego limpio. Tal vez ahí radique uno de nuestros males. Ese pasar por alto tantas cosas nos está convirtiendo en meros espectadores, cuando no en dóciles fichas de un juego donde el tramposo parece tener las de ganar. Y seguimos impávidos porque, mientras no nos toque…

Las tragedias humanas nos conmueven, es cierto, pero solo unos días, los que dure la noticia en los medios de comunicación. Luego olvidamos, por indolencia o cobardía, o para salvar nuestra pequeña parcela de supuesto bienestar.

Sí, todo se tambalea, se deshumaniza, se rompe. ¿Y la cultura? ¿Qué ocurre con ese cultivo de los conocimientos humanos cuyo objetivo es hacer más libre al pueblo que la posea?

Llevamos unos cuantos años asistiendo a su trivialización. Vivimos la cultura de lo superfluo, de lo banal, donde solo se valora aquello que es útil económica o políticamente. La reflexión, el pensamiento, se ha visto relegado a un segundo término, por esa necesidad de lo inmediato y de lo efímero.

Sí, se nos llena la boca al hablar de cultura, pero ¿de qué estamos hablando realmente? Porque una cosa es la cultura y otra muy distinta lo que algunos quieren ofrecer como tal, a una sociedad, la canaria, donde la educación sigue siendo una de sus asignaturas pendientes. Y no hay que olvidar que cultura y educación están íntimamente unidas, o deberían estarlo.

Para empezar, debemos reconocer que los deseos de construir una sociedad más justa, libre y solidaria, chocan con una realidad que nos ofrece, cada día, injusticias, barbarie y mentiras o, lo que es peor, verdades a medias. Una realidad en la que aparecen, a veces soterradamente y otras sin el menor reparo, formas de limitaciones de la libertad, no solo de acción y/o de expresión, sino incluso de pensamiento.

Por otro lado, en lo que concierne a nuestra responsabilidad individual, nos hemos convertido en unos ciudadanos cómodos, encerrados en nuestras, más o menos, confortables viviendas, frente al televisor o el ordenador; pretendidamente seguros y tranquilos en nuestra vida privada y sin tiempo- esa es nuestra excusa más frecuente- para nada.

Así pues, cultivemos la charanga, copiemos cualquier ritmo danzón que nos aturda, sumerjámonos en mezquinas batallas por el “yo primero”, vivamos en, para y por las pequeñas y grandes pantallas. Seamos mediáticos, seamos virtuales y olvidemos.

Todo antes que aceptar que somos los responsables de una situación que nos vuelve cada día más incapaces, más individualistas.

Nadie parece acordarse de que nos ha tocado en suerte/ de tierra, solo un puño/ de cielo, todo el cielo; que las cumbres azuladas, añiles y marrones que nos encontramos delante, nada más levantar la cabeza, pueden tornarse en sombras oprimentes. Que para evitarlo, desde esos ocho puñados de tierra  que son las islas, tenemos que encender el corazón, reconocernos insulares, tomar conciencia de las islas en que estamos y de las islas en que somos, y mirar más allá. Es decir, levantarnos de nuestro propio paisaje para abarcar y hacer nuestro ese universo al que pertenecemos.

Si no tenemos clara esa idea, si nos extasiamos-tal vez  como una forma más de huida- en nuestro entorno, y lo convertimos en una especie de tótem alrededor del cual damos vueltas y vueltas sin sentido, podemos terminar convertidos en inútiles Narcisos que solo han cultivado la flor de su propia imagen. Y llenaremos nuestra maleta de papeles viejos y hojarasca, y lo gris seguirá saliéndose con la suya.

Porque si deseamos construir un humanismo nuevo, no habremos de ahondar únicamente en nosotros mismos, con menosprecio de los restantes. En otras palabras: La humanización o sea, la cultura, es imposible sin una creciente igualdad democrática. Una sociedad igualitaria donde la imprescindible presencia de la mujer contribuya a su consolidación.

Por otro lado no hay que olvidar que un pueblo sin una base educativa y cultural sólida, es una presa fácil para el engaño, para que se le venda gato por liebre, al hacerle creer que cultura es aquello que lo constriñe en una exaltación desmedida y falaz de lo propio, idealizando estereotipos  y una imagen vertida sobre sí misma que falsea y embrutece aún más a la población indefensa.

De ahí la necesidad de una cultura independiente, sin ponerse al servicio de nada ni de nadie,  pues es esta una de las condiciones que le conceden validez y autoridad, pero también, una cultura comprometida con su tiempo y no ceñida a un limitado territorio, sino, como dije antes, aspirando, desde él, a la universalidad. Una cultura hecha entre todos y para todos. Y si abogo por una cultura comprometida es porque no  olvido que la palabra compromiso  lleva implícita la necesidad de una respuesta en el otro.

Pero  parece que hemos olvidado que nuestros actos, sentimientos, deseos, lo que es nuestra vida, nacen de los demás, y de esta forma abandonamos la idea de unir nuestras espaldas/ ese  lugar donde germina el ala.

Acaecen tormentas. Nadie pregunta nada, instalados como estamos en una comodidad estéril, sin exigencia alguna que pueda poner en peligro nuestro estatus. Y, si alguien lo hace ¿quién o qué responde? Una mudez que aniquila la sed de preguntar, o el aturdimiento de lo inmediato  que nos desarma y nos hace correr hacia ninguna parte.

Así, vamos acumulando derrotas hasta que un día descubrimos  que está arrumbado todo en una vieja estancia cuya puerta cerramos para hacer más patente el abandono. De esta forma, la amenaza del olvido se acumula, a pesar de que todos sabemos que somos el resultado de nuestra propia memoria, y de la memoria de los otros, a las que, de un tiempo a esta parte, estamos dejando de analizar y preguntar. Por eso, al ser la memoria algo fundamental para conocer y reconocer la medida de nuestra historia, somos también,  aunque nos pese, el resultado de su ausencia.

Sin embargo quiero pensar que, a pesar de todo, los que aún continuamos en la lucha, los que creemos que la literatura, la música, las artes, el deporte, el juego limpio, en definitiva, la cultura, puede salvarnos, seguimos atesorando la memoria de los días indelebles, de ese ayer en que quisimos encontrar la luz a la sombra del mar. Y así, desde esa memoria del ayer, recuperar lo antes posible esa idea de la cultura como compromiso. Un compromiso con la integridad, con la honradez,  con el otro y los otros, porque simplemente queremos que libertad no sea solo una bella palabra.

Ya es hora. No es tarde ni temprano, porque todos sabemos que a veces es posible alzar la mano y detener el cielo. Porque no es verdad que el momento no tenga una salida. Si nos unimos para alcanzar un horizonte común, podremos llegar a ser caminos/ de esperanza hasta amanecer de nuevo/ con el llanto/ y la respiración /compartidos.

 Con la mano en la mar, así lo espero.

Cecilia Domínguez Luis

30 mayo 2015

 

RELACIÓN DE TEXTOS POR ORDEN DE APARICIÓN EN EL DISCURSO

  1. Mª Rosa Alonso: Evocación y nostalgia del timple (Papeles tinerfeños)

2.      Rafael Arozarena: Fragmento del poema VI de Altos crecen los cardos

3.      Luis Alemany: Fragmento de Los puercos de Circe

4.      Domingo Pérez Minik: Fragmento de La condición humana del insular

5.      Ventura Doreste: Fragmento de La metamorfosis de Guillermo de la Torre

6.      Fragmento del artículo Cultura y democracia (El País 1988)

7.      Isaac de Vega: Fragmento de Parhelios

8.      Pedro Lezcano; Fragmento de Poema a la espalda

9.      Carlos Pinto Gröte: Fragmento de Unas cosas y otras

10.  Sebastián de la Nuez: Fragmento de Balada a los dioses antiguos

11.  Justo Jorge Padrón: Poema Los días indelebles (Título)

12.  Manuel Padorno: Fragmento y título de A la sombra del mar

13.  Juan Manuel García Ramos: Fragmento de El inglés

14.  Juan Cruz Ruiz: Fragmento de Crónica de la nada hecha pedazos

15.  Arturo Maccanti: Primer verso de Ni tarde ni temprano

16.  Luis Feria: Fragmento del poema A la lenta caída de la tarde (Libro Conciencia)

17.  Agustín Millares Sall: Fragmento de Horizonte (Libro La estrella y el corazón)

18.  José Mª Millares Sall: Fragmento poema 6 de Celda de abril

“Con la mano en la mar, así lo espero” (Pedro García Cabrera)

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Poemas de La piedra y el obús

XL

 

Consiguió aquellas tierras
matando sin descanso,
destruyendo cosechas y profanando casas.
 
La tribu lo recibe con vítores terribles.
 
Es el heraldo de la nueva era.
Cruel, invicto y ansioso.
 
En la llanura, las muchachas
con collares y flores en el pelo
festejan la victoria
como si fuera un regalo de los dioses
y no piensan
en los que yacen sobre las cenizas.
 
El invicto guerrero
va en busca de una nueva conquista
la más ardua tal vez.
Una muchacha lo contempla desde el miedo.
Huyen las otras.
 
Las cuentas del collar
caen sobre la hierba.
 

40

 

Una victoria puede ser mentira,
sobre todo cuando es madrugada
y su indecisa luz ilumina
arrasadas ciudades donde, entre escombros,
duermen los reptiles.
Puede que entonces el canto de algún pájaro
ponga sobre la mesa la ventaja de ser
meros espectadores del desastre,
de que nuestro destino nos conceda
empezar otra vez. Pero la vida
como el tiempo no descansa
y entre balas y obuses y alguna que otra alimaña,
solo da tregua a quienes, derrotados,
hacen temblar al cielo en su caída.
 
Toda victoria puede ser mentira
y nosotros el primer gran error que se repite
milenio tras milenio.     

 

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